Durante el tiempo que llevo dedicándome a la musicoterapia, me he sentido influenciado por la manera de trabajar de mis referentes en la profesión y he intentado adoptar los enfoques que utilizan de una manera ecléctica (Corey, 1996),tomando como óptimas distintas ideas de diferentes corrientes.

Entre diversos modelos como son el cognitivo (Ellis, Beck, Bandura), el conductual (Skinner, Wolpe, Kantor) o también el biomédico (Andreasen, Wilson y col.), en todo momento me he sentido inspirado por el modelo humanista (Maslow, Rogers, Perls).

El modelo humanista concibe al hombre como un ser autónomo y responsable de sus decisiones en su desarrollo global. Dando valor a sus pensamientos, sentimientos y actos, éste será capaz de  analizarse a sí mismo y aceptarse tal y como es. Liberarse de los bloqueos producirá cambios que le ayuden en su crecimiento personal y autorrealización. La salud holística que enmarca el modelo sitúa el mundo emocional como centro de la terapia.  Aprender a observar las emociones y pensamientos, las capacidades y no los defectos, explotar la creatividad, el juego y la comunicación, tomar contacto con el niño que tenemos dentro, conocer nuestro cuerpo y atender a nuestras necesidades ofrecen garantía de salud.

Frente a las resistencias ocasionales mediante  terapia verbal,  la música tiene cabida en una gran variedad de programas de tratamiento gracias a su flexibilidad como arte, pudiendo ser significativa en diferentes edades y desempeñando numerosas funciones en la sociedad (Davis, Gfeller y Thaut, 2000).

La musicoterapia puede ayudar a recobrar la vida normal en un ambiente estructurado propicio para desarrollar más habilidades interpersonales y recobrar la autoestima (Unkefer, 1990).